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La curiosa historia del rey de Patones

  

Patones de Arriba no es solo uno de los pueblos más bonitos de la Comunidad de Madrid. Las pétreas calles del lugar han pasado por la historia de una forma desapercibida, casi oculta. Porque esa condición, la de estar escondida en la montaña, es la que más ha marcado a la que hoy es una de las once villas de Madrid. Tal aislamiento produjo que en ella perduraran tradiciones ancestrales, que fuera el hogar de costumbres que bordean el terreno de lo legendario. El mejor ejemplo, sin duda, es la que atañe al rey de Patones.

Un monarca para un puñado de familias
Ha habido muchos tipos de reinos a lo largo de la historia y el de Patones es uno de los más extraños. Porque en esencia, darse esa importancia parece más fruto de una socarronería digna de aplaudir que de un estatus real. Para encontrar el origen mítico del monarca al que se refiere este artículo hay que rebuscar tanto en el folclore como en los archivos.

Así, la primera referencia a la corona patonera data del siglo XVII. Fue en 1653 cuando quedó registrado que el cardenal Moscoso se reunió con el rey de Patones. El objeto de este encuentro fue pedir una ermita para el pueblo de la actual Sierra Norte de Madrid. Sin embargo, según el folclore hay que ir bastante más lejos en el tiempo para hallar los inicios de esta particular monarquía, que además se cree que era hereditaria.

Según el legendarium local, extendido especialmente durante el siglo XVIII y XIX a raíz de la literatura y crónica de viajes, lo de que Patones de Arriba fuera un reino viene de la época visigoda. Así lo cuenta, por ejemplo, Antonio Ponz en su Viage de España, en el que se da noticia de las cosas apreciables y dignas de saberse que hay en ellas. Al ser tan recóndito este pueblo, se dice que ni siquiera los árabes que tomaron la península lo encontraron. De este modo, los habitantes de la aldea quedaron a salvo de los avatares de la historia. Ni Al Ándalus, ni conquista, ni reconquista… Nada. De toda esta visión fantástica cabe tener en cuenta ese aislamiento, que sí pudo ser una condición para que las familias patoneras tuvieran a un anciano que sirviera como representante. Lo de por qué le llamaron rey es algo que sigue siendo un misterio.

La caída del rey de Patones
El desenlace para esta monarquía que abarcaba a poco más de 10 familias en la Sierra Norte de Madrid fue el que se puede suponer. El mundo avanzaba y la razón en su sentido ilustrado se imponía. Dejaron de ser buenos tiempos para este tipo de lírica. Para más inri, la cuestión además fue de impuestos. Aunque no todo fue malo, de hecho, el pueblo salió reforzado.

Juan Prieto era el nombre del último rey de Patones y su “némesis” fue Carlos III. Desde la recóndita localidad envió una carta al que acabaría siendo uno de los miembros más célebres de la dinastía borbónica. Lo que pedía el patonero era simple pero ambicioso: querían la independencia de Uceda y pagar menos impuestos. Estas eran las exigencias en lo esencial, aunque los rumores sobre el contenido exacto del mensaje son muy variados, pero sí que está claro que señalaba que estaban olvidados por Uceda, villa a la que pertenecía este lugar.

Carlos III atendió a su homólogo con una de cal y otra de arena. Por un lado, concedió la autogestión reclamada, lo que dio lugar a que se nombrara un dirigente propio para impartir justicia a nivel local. Por otro, esto mismo supuso que el rey de Patones quedara obsoleto y la figura desapareció. Estos hechos ocurrieron en el tercio final del siglo XVIII, pero la memoria del rey de Patones siguió viva hasta pasar a formar parte de la leyenda.

 

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Patones de Arriba © JJFarq Shutterstock