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Navalcarnero, maridaje de patrimonio y vino

 

Atardece en Navalcarnero. El cielo se tiñe del color de las uvas maduras, antesala de la oscuridad de la noche. Pronto saldrá la luna, iluminando en plata más de 500 años de historia materializados en un cuidado casco histórico. Calles y edificios son testigos de piedra de un pasado real. Su visión invita a volver la vista atrás sin descuidar el presente contenido en un brindis con vino de Madrid.

Al sur de la capital, a una distancia apenas superior a 30 kilómetros, surge una geografía urbana punto de encuentro de tradición y modernidad. La villa de Navalcarnero acoge una encrucijada de plazas salpicadas de historias. Las calles respiran, animadas por la presencia de vecinos y turistas disfrutando del entorno. Un hábitat especial, a la vez escenario y actor de una crónica vital de cinco siglos.

Navalcarnero es villa real desde el siglo XVII cuando, desligada de Segovia, pasa a depender directamente del monarca. Un pasado regio que se deja entrever por todas partes. No importa por dónde empezar, cualquier rincón tiene algo que contar. Casi puede elegirse destino con los ojos cerrados, señalando un punto al azar sobre el callejero. Sobran las palabras para conocer el devenir de este pueblo madrileño, basta caminar sobre el empedrado. Contemplar las fachadas, repasar las siluetas recortadas sobre el cielo, contar ermitas y humilladeros…

Navalcarnero articulo cabecera

La plaza mayor de Navalcarnero toma el nombre de Plaza de Segovia. En ella la historia se escribe sobre las fachadas. Repasando las inscripciones que atesoran es posible imaginar su antiguo aspecto. Algunas construcciones datan del siglo XVI, otras son anteriores, pero todas han sufrido rehabilitaciones. Destaca la antigua Casa Consistorial, de la que existen referencias escritas correspondientes a los principios de la villa. Al igual que sucede con la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, unión de dos iglesias del XVI. La construcción primitiva pervive en la torre del campanario y las arcadas góticas. Su interior acoge un conjunto de retablos barrocos, así como el eco de un sí quiero real entre Felipe IV y Mariana de Austria. Posteriores son la capilla de la Inmaculada y la fachada que mira hacia la concurrida plaza.

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Un brindis final
Queda atrás la portada de la casa de la cadena, donde Felipe y Mariana recibieron la bendición conyugal. Tras unos pasos, esperan más plazas.  En la de San José también reina el bullicio. Un ruido que se apaga al cruzar la puerta de la iglesia alzada sobre la antigua ermita. Conversaciones, vidas cotidianas y paseos pueblan también la Plaza de Alonso y Arreo, homenaje al antiguo regidor. Aquí se encuentra el Museo del Vino. Un lugar en el que se siente de cerca la sólida unión entre el pueblo y su vino. Una vínculo capaz de presentarse de mil formas, incluso ocultas a simple vista. Las cuevas son expresión arquitectónica de la importancia del vino en Navalcarnero. En un principio se imaginaron únicamente para mantener los caldos en perfectas condiciones, pero también fueron fresqueras para conservar alimentos. Hoy en día la posibilidad de visitar una de estas galerías las ha convertido en un secreto al alcance de todos.

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Más allá aguarda al caminante el sosiego de la ermita de la Vera Cruz, ubicada en la plazuela de igual nombre. Quietud compartida con otras ermitas que embellecen las calles de la villa. Desde la de San Roque, propiedad de la familia de Juan Antonio de Ribera, pintor de cámara de Fernando VII y Carlos IV; hasta la de San Cosme y San Damián, probablemente la ermita más antigua de Navalcarnero.

En la plazuela del mercado, la Casa de la Lonja es expresión directa de la tradición gastronómica y vinícola de la zona. Una casa solariega de estilo castellano, antigua morada de la familia Fernández de Velasco. En el interior los productos típicos cobran protagonismo.

Con las piernas cansadas, es momento de sentarse a la mesa. Saborear un asado de cordero o una olla del segador junto a una copa de vino es la conclusión perfecta. Garnacha tinta y malvar conforman el color y el sabor de la D. O Vinos de Madrid. Solo resta brindar deseando volver.