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Rascafría, un lugar de cuento en la naturaleza

 

Rascafría bien podría ser el nombre de un paraje de fábula. Un lugar mágico, en el valle Alto de Lozoya, hogar de aventureros y leyendas. Podría ser un lugar imaginado en ilustraciones y acuarelas. Rascafría es, para quien la conoce, las páginas de un álbum de fotografías inolvidables.

Érase una vez Rascafría
Érase una vez un lugar en la Sierra de Guadarrama, a más de 1 000 metros de altitud, donde la naturaleza decora una geografía enmarcada entre montañas. Un lugar donde, en la Edad Media, se instalaron cuadrillas segovianas al igual que en Oteruelo, parte del mismo ayuntamiento. Allí se fue escribiendo una historia que, aún hoy en día, se deja entrever entre sus calles.

Rascafria

Rascafría tiene mucho que contar antes de salir del pueblo. Hay que dejar que el cuento, igual que el río, siga su curso. Es buena idea callejear un rato, buscando y encontrando todo lo que la villa quiera mostrar. En el centro, la plaza de los Trastámara conserva el legado de Isabel y Fernando. Destaca el edificio del ayuntamiento, de principios del XX. En su fachada de ladrillos coloreados, se adivina el estilo neomudéjar. La plaza custodia también, en la piedra de su fuente, palabras de famosos poetas. Escuchando con atención se percibe el sonido de los versos en el correr del agua. Más allá, el gótico sorprende en la iglesia de San Andrés.

El agua pronto se adivina como un guía perfecto para recorrer Rascafría. Persiguiendo el Artiñuelo, afluente del Lozoya, aparecen lugares ajenos a la narración oficial. El camino llega hasta el puente de Manola, un paso sobre el río junto a una escultura de bronce homenaje a las mujeres del campo. Otra vía de cruce es el puente del Pericotón, el más antiguo, del siglo XIV. Sin abandonar el cauce, si se lo permitimos, el paseo sigue desvelando secretos.

El “por siempre jamás”
Poco a poco el camino se aleja del centro. Aparece el antiguo pilón utilizado de abrevadero y la pasarela de la avenida del Paular. En la calle de la Fuente los cantos rodados cubren el suelo y la ribera crece cruzada por una acequia. El sosiego del campo lo inunda todo. Se percibe en el parque del río y sus dos plazuelas equipadas con bancos.

Si el centro de Rascafría enamora, su entorno sella un “para siempre”. La presencia del agua persiste, dejándose sentir por todas partes, incluso de camino al monasterio del Paular, entre bosques de pinos y robles. Los Trastámara promovieron, en el siglo XIV, el inicio de una construcción que se prolongó bastante tiempo. Un enclave idílico y perfecto para aprovechar los recursos naturales de la zona. Su interior custodia, entre otras cosas, un retablo mayor de alabastro. Así como una colección de 52 lienzos del artista Vicente Carducho, pintor de la corte en el siglo XVII. Para llegar se cruza el antiguo puente del Perdón, del siglo XVIII. Una unión granítica de tres arcos cerca de un idílico bosque finlandés. El nombre proviene de su utilización como escenario de juicios, condenas o perdones. Desde allí los presos caminaban hacia el exilio o hacia la horca.

Sendas y rutas se multiplican por la zona, todas con finales propios de cuento. Dentro del parque nacional, uno de los rincones más impresionantes es la cascada del Purgatorio. Un salto de agua formado por el paso del arroyo del Aguilón a través de estrechas paredes rocosas. Espectacular también es la panorámica que ofrece un mirador natural sobre el valle de Lozoya, cerca del área recreativa de la Isla. Principio de un camino hacia la presa del Pradillo que prosigue hasta un embalse de agua calmada y transparente, espejo de las montañas.

El bosque se despeja en praderas donde descansar a ambos lados del arroyo Angostura. Más tarde, el camino natural del valle del Lozoya conduce a Oteruelo, un pueblo lleno de encanto. De vuelta, Rascafría ofrece una mesa ante la que degustar un vino de Madrid o, en temporada, un plato de setas y caza. Si el viajero lo desea el cuento concluye aquí, pero con Rascafría nada está escrito. El final de la historia será un “por siempre jamás”.

 

Créditos Imágenes:

Monasterio de El Paular © Hugo Fernández