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El embalse de Santillana, de obra de arte a Reserva de la Biosfera

 

Entre los municipios de Manzanares El Real y Soto del Real, una edifico emerge del agua. Se trata de una torre de estilo renacentista en cuyo centro hay grabado un escudo. El viajero que viera por primera vez la atalaya pensaría, seguramente, en tiempos de caballeros y espadas, en la torre de algún castillo que quedó hundido en las profundidades. Pero esta no es la ruina de ningún palacio, no, sino que fue parte de una construcción muy distinta: un embalse. La torre, en realidad, perteneció al antiguo embalse de Santillana, el cual sigue ocupando este espacio desde principios del siglo XX y que, en la actualidad, es una Reserva de la Biosfera.

Un reflejo del castillo de Manzanares El Real
En el año 1902 Joaquín de Arteaga y Echagüe, XVIII Marqués de Santillana y XVII Duque del Infantado, presentó un ambicioso proyecto para construir una presa en el cauce del Manzanares. Una vez se aprobó la iniciativa, hubieron de disponerse los terrenos necesarios. Para ello, la Sociedad Anónima Hidráulica Santillana (también fundada por el marqués) tuvo que expropiar más de 37 fincas privadas, así como parte de la Dehesa Boyal de Colmenarejo y diversas vías pecuarias. En compensación, los damnificados fueron indemnizados.

Después de todo esto, en 1907, el mismo Alfonso XIII se encargó de colocar la última piedra del embalse en un acto al que asistieron personalidades como Luca de Tena Aguilar o el conde de Romanones, pues el embalse de Santillana constituyó un verdadero hito de la ingeniería española. La antigua presa destacaba, además, por su vocación artística: se construyó con la intención de que estuviera en consonancia con su vecino, el castillo de Manzanares el Real o castillo de los Mendoza.

Es este el motivo por el que la torre de la antigua presa presenta una estética renacentista, acorde con el castillo. Siguiendo esta premisa, los muros del viejo embalse se realizaron en mampostería de granito y tanto la puerta como la torre trataron de reproducir las formas de la fortaleza. Así, la atalaya, que sigue siendo el elemento más característico del embalse de Santillana, se constituyó como un ejemplo del gótico toledano que Juan Guas proyectó en el castillo de los Mendoza o en la catedral de Toledo.

El embalse de Santillana, un paraíso para las aves
En los años 60, se hizo evidente que era necesario aumentar el nivel de abastecimiento de agua de la capital. El canal de Isabel II adquirió entonces el control del embalse y lo remodeló por completo. Aumentó al doble su capacidad de almacenamiento, así como su altura, y anegó bajo las aguas la antigua construcción de la que apenas sobresale la citada torre.

Nadie podía imaginarse que aquel embalse, de 1052 hectáreas y con una distancia entre orillas opuestas de cuatro kilómetros, se convertiría en Reserva de la Biosfera. Así lo dictaminó la UNESCO en el año 1993, al comprobar que el enclave constituye uno de los principales lugares de reserva, protección, migración y nidificación de aves acuáticas de la Comunidad de Madrid.

Esto es debido, además de a su ubicación entre bosques de fresnos y encinas, a que el marqués de Santillana repobló de peces el embalse, introduciendo especies como la carpa y el lucio. En cuanto a aves, el ánade azulón, la cigüeña blanca, las garzas reales o los buitres leonados son algunas de las muchas especies que se pueden avistar desde las orillas. Incluso el célebre Félix Rodríguez de la Fuente, antes de que se construyera el nuevo embalse, venía aquí con la intención de estudiar a dichos animales.

Además de pescar, visitar la torre sumergida o contemplar las aves, la zona que rodea al embalse se presta como un destino perfecto para el senderismo. Lo más habitual es realizar alguna ruta circular que parta desde el pueblo de Manzanares El Real o desde el mirador del Descansadero del Espinarejo. Las opciones van desde itinerarios de tres kilómetros hasta rutas de entre 12 y 13, una oportunidad para conocer más acerca de este curioso embalse con tanto que ver y contar.