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El Monasterio de las Descalzas Reales, un museo digno de reinas

 

Lo que en la actualidad pertenece al mismo centro de Madrid en el pasado era el extrarradio la capital de España, ya que la ciudad ha crecido lo indecible desde sus primeros trazos, cuando era conocida como Mayrit. Es lo que pasa, por ejemplo, con el Monasterio de las Descalzas Reales. Ubicado en pleno corazón de la metrópoli actual, a cinco minutos de la Puerta del Sol, este monasterio, otrora palacio, se situaba antaño en un arrabal conocido como San Martín.

Por este inmueble han pasado, a lo largo de la historia, numerosas infantas que pretendían escapar del bullicio de la ciudad, pero sin irse de ella. Siempre traían consigo, además, alguna obra de arte que donar, lo que hizo posible que el monasterio de las Descalzas se constituyera como un museo de gran valor y como Bien de Interés Cultural.

De palacio a monasterio
La historia del monasterio de las Descalzas se remonta a los tiempos de Carlos V, es decir, al siglo XVI. Alonso Gutiérrez, por entonces tesorero imperial, tenía su residencia en una casa-palacio del arrabal de San Martín. Gutiérrez acometió algunas reformas que transformaron el inmueble de un aspecto tardomedieval a uno más moderno. Así fue como el palacio, que se dice que fue uno de los primeros de la capital, pasó a ser también el más lujoso de Madrid.

En 1535 la emperatriz Isabel de Portugal, esposa (y a su vez prima) de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, dejó la magnificencia del Alcázar de Madrid para dar a luz a su hija Juana de Austria en un sitio más acogedor. El lugar elegido sería el citado palacio de San Martín, espacio que años más tarde dicha infanta convertiría en el convento de Nuestra Señora de la Consolación para las clarisas descalzas o, lo que es lo mismo, en el monasterio de las Descalzas.

Pero antes de esto, Juana, hermana de Felipe II y María de Austria, tuvo que casarse. Lo haría a los 17 años de edad con el príncipe Juan Manuel, heredero de Portugal. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, el príncipe murió, justo antes de que Juana tuviera a su único hijo: Sebastián. Tras la muerte de su marido, apenada y presionada por las hostilidades lusas hacia su figura, Juana abandonó Lisboa para nunca más regresar. Entre 1554 y 1559, su hermano la llamó para que gobernara España, mientras él ejercía de rey consorte en Inglaterra como marido de María Tudor.

Fue durante este periodo de reinado cuando Juana de Austria fundó el que terminaría convirtiéndose en el actual Monasterio de las Descalzas Reales. Esto fue gracias a la complicidad de su confesor de confianza, San Francisco de Borja, que envió desde el convento de Santa Clara de Gandía a una comunidad de monjas coletinas, es decir, monjas de la Orden de Santa Clara. A pesar de que la iglesia no se terminó de construir hasta el año 1564, el monasterio se inauguró en 1559, el día de la Asunción, con una gran fiesta de inauguración en la que participó toda la familia real, incluido el rey Felipe II.

El Monasterio de las Descalzas Reales, un museo hecho de donaciones
La fundadora del Monasterio de las Descalzas, que recibió este nombre debido a la costumbre de las monjas de llevar durante todo el año unas sencillas sandalias, murió en 1573 en El Escorial. No obstante, sus restos mortales descansan en en una de las capillas de este convento.

Pero Juana de Austria no es la única mujer de la familia real que ha pasado por las instancias de este edificio. Años después del fallecimiento de su hermana, una recién enviudada María de Austria se trasladó al convento en 1580 junto con su hija Margarita, que decidió meterse a monja. Desde aquí, la emperatriz desarrolló una amplia actividad de mecenazgo que incluyó el apoyo de uno de los principales compositores de música de Europa del momento: Tomás Luis de Victoria. María murió en la sala conocida como el Cuarto Real en 1693.

En estos mismos aposentos se crio, asimismo, la hija de Felipe II Isabel Clara Eugenia. Dicha Infanta hizo al monasterio su propia aportación: una serie de tapices de la Eucaristía, obra del célebre pintor barroco Rubens. Seis de las tablas preparatorias de estos tapices cuelgan de las paredes del Museo del Prado, mientras que el resto aún se puede ver en las salas del monasterio.

Fueron muchas las mujeres de la Casa Austria que pasaron por las salas del monasterio de las Descalzas. Todas dejaron en él su impronta a través de generosas donaciones que fueron configurando el museo que hoy conocemos. Obras de Sánchez Coello, Tiziano, Gaspar Becerra o Antonio Moro cuelgan aún de las paredes del inmueble como testigos de este tránsito.

Un exterior engañoso
A lo largo de la historia, el monasterio de las Descalzas se ha visto sometido a varias reformas, de las cuales la más importante fue la acometida por Diego de Villanueva en el siglo XVIII. Sin embargo, aún se conservan algunos de los elementos originales del palacio que una vez fue: la fachada de estilo plateresco, la estructura de las escaleras de entrada y algunos salones.

El elemento quizás más sobresaliente del inmueble es precisamente la escalera, decorada por sendas pinturas y murales de los siglos XVI y XVII. La composición la remata la pintura del techo, atribuida a Claudio Coello. Por su parte, la iglesia, cuya autoría ha sido muy discutida, se construyó en tiempos de Felipe II, aunque fue reformada tras un incendio en 1755. El retablo mayor actual, labrado en Italia por orden de Felipe V, sustituye al original, que era de madera y pertenecía a Gaspar Becerra. El claustro del monasterio se ha hecho famoso, por cierto, debido a las procesiones de Semana Santa que acoge en su interior.

El aspecto que ofrece el exterior del monasterio de las Descalzas no anticipa, ni por asomo, la riqueza artística de su interior, el cual puede visitarse de martes a domingo, siempre bajo la supervisión de un guía y un precio de seis euros. Durante los tiempos de visita, las monjas se retiran a otras partes del recinto para dejar que el resto de personas también puedan disfrutar de las maravillas de este edificio, que fue catalogado como Museo Europeo en 1987.

 

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