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El Rastro de Madrid, “un Museo del Prado puesto del revés”

 

“Las tardes de domingo esperaré tu llamada” canta Ismael Serrano en Qué va a ser de mí. Porque el cantautor sabe que los domingos son eso: la espera, la nostalgia, el respiro necesario. Pero en Madrid los domingos son algo más: la oportunidad de encontrar aquello que nunca se buscó, las cañas en la Latina, el ajetreo de la ribera de Curtidores. O, lo que es lo mismo, son día de Rastro y lo son desde hace tanto que sus ecos se pierden en el tiempo…

Un rastro de sangre desde la Edad Media hasta hoy
El Rastro, a lo que los madrileños llaman el Rastro, es ese mercadillo que, a finales de cada semana, inunda las calles de la Latina y Lavapiés. Pero, en realidad, el Rastro alude también a una zona comercial que discurre por la calle Ribera de Curtidores y sus vías aledañas todos los días de la semana. Así, tiendas de antigüedades, librerías de ediciones perdidas en el tiempo o tiendas de segunda mano ofrecen al paseante lo inimaginable.

Pero antes de ser lo que es ahora, el Rastro fue otra cosa. A finales del siglo XV se instaló aquí, junto a la plaza de Cascorro, el Matadero viejo de la Villa. Después se asentaron más mataderos y con ellos vinieron también las tenerías, es decir, talleres donde se trabajaban las pieles. De ahí el nombre de Curtidores, una vía por la que los trabajadores desplazaban a los animales muertos, de los que chorreaba la sangre dejando un rastro rojo. De hecho, es de esta misma anécdota de donde se cree que viene el nombre de “el Rastro”.
Con el tiempo, la zona atrajo a más comerciantes. Al principio, solo venían aquellos cuyos productos estaban relacionados con la grasa animal o el cuero, como los zapatos o las velas. Después, con el aumento de la población y la declaración de Madrid como capital, vinieron muchos más. La existencia concreta del mercadillo de los domingos está documentada desde 1.740, momento en el que el Rastro era un lugar para la venta y cambio de productos de segunda mano.

Un paseo por el Rastro de Madrid
Así que desde hace más de 280 años el Rastro de Madrid, considerado Patrimonio Cultural del Pueblo de Madrid, se da cita entre los barrios de La Latina y Lavapiés cada domingo entre las 9.00 y las 15.00. Aunque el caos y el desorden son condiciones sine qua non de este mercado, su disposición sigue, más o menos, una determinada estructura.
En primer lugar, lo más fundamental es saber que su corazón reside en la plaza de Cascorro y su esqueleto se vertebra en torno a la Ribera de Curtidores, avenida que los puestos ambulantes ocupan por completo. Aquí se puede encontrar casi de todo, es decir, desde una lámpara hasta unos bonitos pendientes, pasando por cámaras de fotos y muebles. Por esto lo de que el orden no es el rasgo a resaltar de la zona…

Luego, la expedición sigue por las calles de Toledo, Ronda de Toledo y Embajadores, formando una especie de triángulo donde se dan cita toda clase de objetos. Entre ellas, la conocida como calle de los pintores se ubica en la calle San Cayetano, donde se venden piezas originales de arte. Por otra parte, los libros antiguos tienen su propio espacio entre las calles de Carnero y Carlos Arniches. En esta última también se ubica, por cierto, el Museo de Artes y Tradiciones Populares.

La plaza del Campillo Nuevo es otro de los ejes principales del Rastro. Aquí los viajes en el tiempo son posibles gracias a la venta de cromos, cartas y revistas antiguas. Mientras que en su vecina plaza, la del General Vara del Rey, se venden también antigüedades, discos de vinilo o muñecas de porcelana. Asimismo, cada primer y tercer sábado de mes, se dan en este mismo lugar los conocidos como Sábados del Rastro, una feria de antigüedades, objetos vintage y de coleccionismo, gastronomía y entretenimiento.

El surrealismo hecho mercado
El Rastro de Madrid es “un Museo del Prado puesto del revés”, señaló el cronista Luis Carandell. “Organizarse en el Museo del Prado o desorganizarse en el Rastro”, escribió Francisco Umbral. “En el Rastro todo tiene vida y en él se encuentra no solo nuestra niñez y juventud, son la vida de nuestros padres y abuelos”, decía la intelectual Victoria Durán.

Como se ve, las referencias literarias a este mercado no son pocas. La mirada poética sigue trazando las esquinas de cada domingo. Está en la variedad de acentos que se elevan como un coro disforme sobre el cielo, en el encuentro de un objeto que siempre añoraste y nunca supiste, en el sonido de los artistas callejeros que amenizan las mañanas… Recorrer sus puestos es dejarse llevar a un mundo en el que una alcoba del siglo XVIII convive con un cromo perdido del exfutbolista Raúl: quizás, el surrealismo hecho bazar.

 

Créditos Imagen: El Rastro de Madrid © Pedro Rufo. Shutterstock